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Proclama de la Junta de Pacificació i Defensa de Tortosa el 1808


PROCLAMA
DE LA CIUDAD DE TORTOSA

Amados Tortosines, el honrado entusiasmo con que en e1 día de ayer describisteis los sentimientos de vuestra lealtad a nuestros amados Soberanos, con especiailidad al Señor Don Fernando VII causó la mayor ternura en los corazones de las autoridades a las que se hallan reunídas varías personas amantes de la patria, aunque todas se disputan iguales sentimientos,
Vosotros babeis guardado la mas prudente quietud todo el tiempo que advertiais por las repetidas ordenes comunicadas por los Reyes nuestros Señores, que como
benéficos y prudentes padres nos decian que así convenia para nuestra felicidad; vosotros habeis observado la mayor armonía con los súbditos del Emperador de los Franceses , porque así nos maniestaron lo hacian con nuestros Españoles en aquellos reynos; vosotros mirasteis con veneracíon el nombramiento del Lugar Teniente, que hizo S. M. el Señor Don Carlos IV en el Duque de Berg porque lo Creísteis un acto de libre voluntad, y que podria ser medio de tranquilizar los acontecimientos sensibles que mediaban, y nunca privarnos de la dulce soberanía de nuestro amado el Señor Don Fernando VII y sus Descendientes; y que este Lugar Teniente contribuíria a nuestra felicidad, a tranquilizar los animos, y a mirar por el fomento de nuestro país como el medio de separar del mando al Valido, que, no tenia el concepto de la nacion y la perjudicaba. Así lo creimos todos , y por esto lo deben creer todos aquellos que velan por nuestra felicidad, hicieron gestiones de respeto y recomendacion a semejanza de lo hecho por los tribunales superiores, corporaciones y particulares del  reyno, que no dexarán como nosotros de aprovechar el momento de demostrarle sus sentimientos.
Toda vuestra quietud, y la de todo Español desapareció y siguieron unas violentas agitaciones en el momento en que se vieron  las renuncias colocadas en la Gazeta de 20 de Mayo: entonces fue cuando vuestra inquietud no Conservo sus limites ; entonces fue cuando os decidisteis a sacudir el  yugo de una nacion, que nos ha usurpado nuestros amados Reyes,
y Real familia y entonces fué cuando nuestros suspiros mezclados con vuestro ardor, hizo renacer el que heredasteis de vuestros mayores.
El daño es igual para todos, la causa es comun, Y de consiguiente la defensa lo es igualmente; despreciad falsos rumores; tened confuanza en el Gobierno; no os dejeis arrastrar de la violencia de las pasiones que acaso os agitará algún malvado para destruir vuestras fuerzas, y quitaros la opinión; guardad la energía  y el valor brillante y firme que os caracteriza para el momento que convenga: tened tranquilidad y amor cordial en el pueblo; guardad el furor, os repetimos, para la Campaña. Todoss atacaremos al enemigo comun; pero hasta el momento de la pelea penetrese vuestro corazon de las sábias máximas y consejos que nos da nuestra autoridad inmediata, como lo es el Señor Capitan General y Real Acuerdo en su órden de 25 de este mes. Imprimase en vuestros corazones sus importantes máximas: tened confianza en el mando que tiene que obrar con arreglo a lo que se le previene, y es lo mejor, aunque a primera viata no se presente así. Y por último seamos dóciles en el poblado, invencibles en la campaña, y generosos en la victoria; que este es el caracter del Español católico; y como tales en tanto que resuena el estrepito de nuestros cañones    en los Piríneos para arrojar al enemigo a los limites que le prescribió la naturaleza, resuene en las márgenes del Ebro himnos al Todopoderoso, para que favorezca nuestra buena causa,

Tortosa 31 de Mayo de 1808.= Por acuerdo de la Junta de Pacificacíon y Defensa como su Presidente.- Santiago de Guzman y Villoria.- Por mandado de S.S.= Sebastían Caparrós, Secretario.

Batea depredada quan la guerra del Francès. Octubre de 1809



Senon Majó batlle, Ramón Monllao regidor, Miguel Altés síndico, Anastasi Suñer, Josep Suñer Senon Ferrás regidor  Miguel Alentorn, Miquel Vilanova secretario.

La Justicia y ayuntamiento de esta villa

Hacer presente a VS : Que desde el día 4 del mes de abril que está contribuyendo  este pueblo con raciones de toda especie a la tropa  que desde aquella época ha existido en el , no solo con el numero que en varios repartos se le han hecho se le han detallado si que supliendo también los muchos miles de raciones que los pueblos auxiliares han dejado de contribuir; de modo que se halla esta villa a los últimos apuros, pues además de los muchos sacrificios que los vecinos pudientes han tenido que hacer, prestando infinidad de cahices de trigo, cebada, harina, y todo el vino que se ha suministrado en este tiempo a la tropa; se han exigido al pueblo nueve tercios de catastro extraordinario, sin contar otros caudales que se han gastado en este objeto, de consiguiente, es moralmente imposible  el poner en ejecución  el cobro de capitación y catastro mientras no se exonere a este vecindario del total suministro de raciones.

De ningún modo parece posible el cobro de las mencionadas contribuciones  en los pueblos que están contribuyendo con raciones para la tropa de esta linea si ante no se las exonera de ello, pues la Justicia, y Ayuntamiento se ven todos los días agobiados, y aburridos para haber de aprontar el número de raciones detalladas, sacados las mas de las veces a la fuerza de las casas de los vecinos el vino  y otros efectos sumamente necesarios para la precisa subsistencia de aquellos y sus pobres familias;

y esto se repetirá para dar el pan que hasta ahora han suplido los derechos de granos pertenecientes al Sr. temporal del real noveno, casa dezmera, y otros arbitrios de que se ha echado mano, pero concluido esto en un año de tanta miseria, de  fatal cosecha de granos, se ha visto abandonada la del vino por estas mismas tropas, sin tener la del aceite que es la que mas sufraga en este país.

¿Cuales serán los lamentos de estos naturales si ha de llegar el caso de haber de entrar en sus casas a quitarles de entre sus manos aquel sustento preciso para conservar sus vidas  y la de sus familias para no ser víctimas de la necesidad?

pues se està experimentando ya que los pueblos señalados por auxiliares de la presente han llegado ya al último extremo  de que por mas que vayan partidas de tropas  a exigir las raciones que adeudan no pueden verificarlo, teniendo que suplir esta villa haciendo más de lo que le  corresponde.
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Manifest de Josep Roset



MANIFIESTO

QUE PUBLICA DON JOSEF ROSET CANÓNIGO
Doctoral de la Santa Iglesia de Tortosa, de la persecución que
ha sufrido del General en Jefe del Ejército, y Principado
de Cataluña  Don Enrique O-Donell.

En los estados en que la Ley es superior a todas las autoridades constituidas de cualquiera clase que sean se puede decir que hay Patria, y libertad; pero en los Países en que se substituye a las leyes la voluntad mas o menos injusta, o caprichosa, de los Magistrados, se puede afirmar sin reparo que no hay ni libertad ni Patria. Así hemos vivido los Españoles por espacio de tres siglos, pero principalmente  de veinte años a esta parte siendo tristes juguetes de la tiranía mas atroz, y del despotismo mas abominable. Rompiéronse tantas cadenas el 19 de Marzo de 1808 con la exaltación al trono de nuestro amado y desgraciado Rey Fernando VII, y cada uno de nosotros en el júbilo, que le inspiró aquel venturoso acontecimiento, creyó ver para siempre desterrado del pueblo Español el yugo de la servidumbre, y de la opresión ¡vanas ilusiones! El tirano de la Europa nos amenaza con nuevas cadenas, y aunque la nación entera oponiéndose vigorosamente a su invasión corre a derramar su sangre, para recobrar y establecer su libertad, con todo en medio de sus heroicos esfuerzos, es doloroso decirlo, no ha conseguido hasta ahora en esta parte  el fruto de sus inmensos sacrificios. Encorvados los Españoles bajo el peso insoportable de la arbitrariedad no hallan todavía en muchas partes, ni la libertad que desea, ni la seguridad personal, que reclaman. Si las Cortes no procuran inmediatamente dar las mas activas providencias (aunque sean interinas) para la seguridad personal de los Ciudadanos, el interés, el odio, y el capricho continuarán haciendo sus  horrorosos estragos, y el hombre de bien, el verdadero patriota, será víctima de la injusticia, y de la venganza y no conseguirá tal vez mas premio por su celo, y desinterés, que el calabozo, o la proscripción.
Así me ha sucedido a mí. Dedicado desde el momento de nuestra gloriosa insurrección a todo cuanto pudiera contribuir a la defensa de la Patria, todos los habitantes de Tortosa, todos los del Principado de Cataluña pueden decir si jamás han visto separarme del camino de un verdadero patriota, ya como vocal de la Junta corregimental de aquella ciudad, ya como diputado de los congresos provinciales. No obstante mis continuos desvelos en el desempeño de mis obligaciones, he sido injustamente perseguido, preso y proscrito sin ninguna de aquellas formalidades que las leyes mandan observar aun con los mayores delincuentes. Todavía después de ocho meses ya preso en una torre ya relegado en esta isla como un criminal, ignoro cual es el delito que se me atribuyes: examino mi conducta pública, y privada, y por fortuna no alteran mi tranquilidad interior crueles remordimientos: veo mi persecución y lo sufro resignado, aunque llorando los desordenes que afligen a la Patria, y aceleran su ruina. Mas sin embargo de mi notoria inocencia, mi honor ofendido, mi carácter ultrajado, mi reputación puesta en duda, mi fuero vilipendiado, exigen imperiosamente una pública vindicta por medio de la libertad de la Imprenta, y bajo la salvaguardia de esta ley bienhechora tan temida de los déspotas, como de los hipócritas de todas clases.
Si yo supiese directa, o indirectamente los artículos de mi acusación me defendería de cada uno de ellos con aquella firmeza y confianza que inspira la inocencia, pero ignorando como ignoro, el delito, o delitos, que se me imputan, solo puedo informar al Público de lo que me ha sucedido, presentándole diferentes documentos que acreditarán hasta la evidencia la injusticia, y el despotismo con que he sido tratado. Debía esperarlo sin duda. La verdad tiene tantos enemigos  cuantos son los que prosperan con la mentira. Mi carácter franco, inflexible, y enérgico cuando se trata del bien de la Patria, ni se desmintió en la Junta de Tortosa, ni en los Congresos Provinciales. Viendo los desordenes, que se propagaban en el Principado, elevé mi voz en el Congreso, y con el celo de un decidido patriota, y de un ardiente amigo del orden,  y de la justicia expuse siempre cuanto creí útil, y conveniente al bien, y defensa del Principado, sin que respetos ni temores humanos me hiciesen guardar un silencio tan incompatible con mi conciencia, como perjudicial a la causa pública. No faltaban en el mismo Congreso compañeros igualmente celosos, que apoyando mis proposiciones hicieron tomar providencias dirigidas a corregir los abusos, y a restablecer el orden en todo cuanto fuese posible, sin lo cual preveyeron que los males crecerían, y que al fin las resultas serían las mas dolorosas, y funestas.
                No satisfecho el Congreso con dar cuenta al Capitán General del Principado D. Enrique O'Donell General en Jefe del Ejército, del desorden que se advertía  en la recaudación de las Rentas Reales, exacción de contribuciones extraordinarias, etc. para el objeto sagrado de vestir, mantener, y curar a nuestros dignos Defensores, como se verá por el oficio que insertaré en este papel, determino que yo fuese comisionado suyo, y Representante  cerca del Supremo Consejo de la Regencia para exponer a S.M. todo cuanto fuese conveniente  al bien y defensa de la Provincia en unión con Don José Espiga Vocal de la Junta Superior, y Comisionado de la misma, y con Francisco Lesus y Pou Director general de Real Provisión de víveres, a cuyo fin me confirió los correspondientes poderes a 30 de Abril del año próximo 1810. Deseoso yo de corresponder  a la confianza del Congreso  y desempeñar cuanto antes mi  Comisión, salí de Solsona el día 2 de Mayo inmediato, y llegué a Tortosa el 6 por la noche. estaba preparando mi viaje tranquilamente, y sin el menor recelo, cuando el 8 a cosa de las diez de la noche fui arrestado de orden del General del Ejército D. Enrique O'Donell, por el Teniente de Rey de la Plaza, rodeando de tropa mi casa, este asilo inviolable en todo País en que se respetan los derechos del hombre, y no se ultraja a la inocencia, porque hay leyes protectoras, que conteniendo la violencia y la arbitrariedad de los Magistrados castigan severamente al que las menosprecia  atropellando a cualquier ciudadano. Como si yo fuese un facineroso, o un reo de lesa Majestad, fui conducido preso a la Torre de San Juán de los Alfaques situada dentro del Mar, sin consideración, ni miramiento alguno  por mi estado y carácter, al que se agregaba el de representante de la Provincia. El modo estrepitoso de mi arresto, la prisión insalubre, y aislada a la que se me condujo, todo acredita muy bien que no dictaron esta providencia la justicia, ni el amor a la Patria  (pretexto muy común para saciar odios, y venganzas personales), sino la animosidad y el despotismo. Como de los documentos que se publicarán a continuación por el orden de sus fechas, resultará  todo cuanto me ha ocurrido, las providencias del Gobierno en vista de mis justas reclamaciones, el ningún cumplimiento que se ha dado a ellas, y la continuación de mi destierro, no quiero entrar en mas pormenores, pues cuanto yo pudiera decir nada añadiría a lo que puede deducirse de la lectura  de los citado documentos, que existen en mi poder.
Debo esta satisfacción al Principado, y a toda España. Cuando mi honor está mancillado por un acto arbitrario, reprobado por todas las leyes divinas, y humanas, sería reprensible mi  silencio en época en que puedo hablar, o infundiría sospechas de que este era efecto de mi delito. No temo ni a la calumnia, ni a la malevolencia: libre de todo crimen desafío a cualquiera que sea que me acuse  de haber faltado en lo mas mínimo a los sagrados deberes de un buen Español, ni como Eclesiástico ni como Ciudadano. No estará ciertamente tan tranquila la conciencia  de mis adversarios: si el poder, y la fuerza han hecho hasta ahora sofocar las quejas de los oprimidos; desde aquí adelante, resonaran en todo el ámbito de la Península por medio de la prensa, denunciarán a la opinión pública a cuantos abusen, o hayan abusado de su autoridad, y penetrando los gritos de la humanidad oprimida hasta el Santuario de las Leyes, el Ciudadano obtendrá al fin las que protejan su seguridad personal contra el despotismo civil, y militar, y entonces dirá con noble orgullo: ya habito un País donde puede decirse que hay Patria y libertad. Compatriotas que os halláis oprimidos  por el abuso de poder, haced presente vuestra inocencia, denunciad a la opinión pública los atentado cometidos contra vuestras personas, y estas justas reclamaciones reunidas, no lo dudéis, harán desterrar para siempre del suelo español la opresión y la tiranía.

La proclamació de la Constitució de 1812 a Tortosa


PAPEL SUELTO.

He leído el suplemento al Diario Constitucional del miércoles 4 de mayo del presente año, en que el Coronel Perena expone los méritos que contrajo en beneficio de la Patria la noche del 8 y día 9 de marzo para restablecer la Constitución política de la monarquía española en la plaza de Tarragona. No es mi ánimo aumentar ni disminuir el mérito y gloria que pueda haber cabido a este patriota en tan laudable empresa, y menos hacer una critica de sus peraciones; pero si deseoso de que algunos de los hechos que refiere se patenticen al público tales como fueron, me he animado a hacer algunas advertencias sobre lo ocurrido en la plaza de Tortosa.
Cuando Perena trata de este punto dice: Disponiendo en el mismo momento la salida para la plaza de Tortosa del Teniente graduado y Subteniente D. Antonio Almela. A fin de que combinase mis instrucciones al efecto memorable de Jurar la sagrada carta constitucional con los oficiales de la primera compañia de cazadores de este cuerpo que la guarnecía, todo lo que se verificó, por el decidido entusiasmo del comisionado y guarnición el día once a las dos de la tarde.

¿No es bien extraño, que cuando trata de hacerse, un mérito particular, y de nombrar los que le siguieron en sus laudables intentos, haya pasado en silencio la activa parte que en aquel glorioso acto tuvieron los individuos del destacamento de Artillería Nacional? Todos ellos se prestaron con decido entusiasmo a sostener la publicación del sagrado código; se unieron voluntarios a la  corta guarnición de aquella plaza, habiendo prevenido de antemano dos piezas de Artillería con las municiones y pertrechos necesarios y colocados con ellos en la plaza donde se publicó, se impusieron a los revoltosos, y estaban determinados a morir antes de abandonar tan glorioso proyecto. El comandante de artillería brigadier D. An­gel Salcedo, sin embargo de hallarse enfermo se presentó en la plaza a la hora de la publicacion para contribuir a aquel acto. Tampoco hace el debido mérito al capitán D.Santiago Alberniz,teniente de la compañía de cazadores que la guarnecía; quien acreditó su decidido celo por la justa causa; al teniente coronel, capitán de la misma, D. Celedonio Escolar; al oficial segundo del ministerio de Artillería D.Ilario lópez Osorio que con indecible actividad trabajó para aprestar municiones y demás efectos, al teniente retirado de Artillería D. Francisco Mora y Paúl que en ello tomó un interés digno de la mayor recomendación: al mismo comisionado Almela, que su esmero merece algo mas que  nombrarle  como por casualidad; a D. Miguel Ripoll escribano en cuya casa se labró la lápida de la Constitución. a D. Joaquín Piñol que después de haber demostrado  el mas vivo interés por la misma distribuyó de su bolsillo dos pesetas a cada Sargento, una y media a los cabos, y una a los soldados, al subteniente de la compañía fija de Tarragona D.Juan Cuesta, a D. Miguel Córdova Abogado , D. Juan Ribes, D. Francisco Mercé. D. N. Perera y D. Antonio Ramos escribano de Marina, dignos todos de                eterno reconocimiento por su constante adhesión a la carta constitucional, y por que con solo el apoyo de unos cincuenta hombres de todas armas se declararon abiertamente adictos a ella dispuestos a sacrificarlo todo por hacerla renacer.
La clase de sargentos de aquella guarnición, el del destacamento de Artillería, el del regimiento  de Pavia José Molina que se incorporó voluntario con dos soldados y un cabo que se hallaban de partida en dicha plaza, y los demás cabos y tropa presentes en ella son dignos del mayor elogio por su decisión absoluta al establecimiento de nuestra sabia Constitución y por el ardor que demostraron en arrostrar cuantos peligros se ofreciesen para conseguirlo, y en particular el sargento segundo de Artillería Antonio Bros, que hallándose  convaleciente de una grave enfermedad fue de los que mas cooperaron a aquel efecto, mereciendo toda la confianza de los buenos Patriotas.
Todo este por menor debe constarle al referido Perena supuesto estaba, como dice, en comunicación con el teniente Almela de quien recibiría partes de lo ocurrido, y si no los tuvo, es bien claro que no fueron necesarias sus instrucciones en Tortosa para la publicación de nuestro sabio Código.
Dice en  otra parte de su escrito: que varios oficiales del Cuerpo de Tarragona corrían a ponerse al frente de sus compañías  para coadyuvar la empresa de                Tortosa y jurar el sagrado  Código en todos los pueblos del corregimiento. Si bien es cierto que estos dignos oficiales se pusieron al frente de sus compañías para contribuir a tan laudable fin, también lo es que en nada contribuyeron  por haber  llegado un día después de jurada la Constilución y solos, y habiéndose  dejado sus compañías en Amposta.
Doy al público este escrito a fin de que  los sujetos que he referido no queden olvidados, y reciban de sus  compatricios el justo aprecio que merecen.
                Miguel Socies.

En la imprenta Constitucional de Juan Dorca, año 1820.

Manifest de Ramon Cabrera a la Nació



Manifiesto de D. Ramón Cabrera a la Nación

Españoles: En nombre de Dios que manda que no se desprecien  los consejos de la prudencia, tened un momento, un solo momento de serenidad, y escuchadme.

Yo soy quien cuarenta años ha mandaba en Aragón y en Cataluña las tropas que defendían la tradición, y más adelante las dirigía en una campaña contra el poder constituido; yo soy aquel que arrancado de las aulas de las Universidades por el torbellino de la guerra, llegué a hacerme amar y temer como general, y no recuerdo por vanagloria lo que fui, sino simplemente para deciros sincera y verdaderamente que soy aquel mismo hombre, y que aspiro a servir a mi patria con el mismo ardor y con la misma fe que me animaba cuando caía herido en el campo de batalla, o cuando apoyado en los hombros de mis  soldados, tenia que dictar órdenes en el fuego de la acción  y a pesar de la fiebre que me devoraba.

Si; yo soy el que vine, merced a Dios y a mi desgracia, para personificar en su más alto grado de exaltación los efectos particulares de la guerra civil. Españoles,  creedme, hablar de esta calamidad me aflige, porque la conozco demasiado y la detesto.

Es indudable que la guerra puede ser justa cuando es justo su fin, y este fin es determinado y seguro. Después de la muerte de Fernando VII el fin de la lucha era popular: queríamos conservar instituciones seculares, usos piadosos y tradiciones queridas; combatíamos porque quitarnos aquel régimen era en cierto modo expulsarnos de la patria católica, española y monárquica, y por eso nuestro pecho servía de escudo al sacerdote que nos instruía y al Rey cristiano  que representaba dignamente nuestra causa.

En 1848, aquel mundo que había desaparecido de la realidad vivía aun en la memoria, y por lo tanto el fin de la guerra estaba comprendido en esta sola palabra: restauración. Pero en la actualidad  ¿quién puede saber para que serviría la dominación del carlismo?  ante esta falta absoluta de plan y de concierto  ¿quién nos dice que aun triunfando, después de una guerra tan  desastrosa, no nos encontraríamos con un triunfo mezquino de palabras  y con otra guerra indispensable para asegurar el triunfo de las ideas?  ¿Quién nos asegura que no se diezma la juventud y se devasta el país para entronizar lo que se combate?
Los que no han visto podrán decir: ¿quién lo sabe? Pero nosotros que hemos visto... lo sabemos.

Dados el cambio sobrevenido desde 1833 y la triste realidad de tantos desastres  ¿qué medidas o reformas de una realidad apremiante realizaría el carlismo en el poder?  Se ha querido llenar el vacío con proclamas y manifiestos que nada determinan, y este vacío es imperdonable, porque si basta al voluntario, inquietado en su fe y herido en su dignidad de español, saber que se bate, importa a la nación saber positivamente porque se hace la guerra, pero saberlo de modo que pueda decir antes del triunfo, antes del tiempo de las ingratitudes: ¡Esto se escribió y selló con la sangre de mis mejores hijos!
Los excesos de la revolución produjeron indudablemente en la sociedad española una impresión tan profunda  que los hijos de familias pobres  y de familias acomodadas, los carlistas de tradición y hasta los que habían sido hasta entonces los enemigos de nuestra bandera, corrieron un día como yo,  con el fin de combatir por Dios, por la patria y por el rey, sin pensar en si iban inútilmente al sacrificio.

Los aplaudí y los admiro, los reconocí en su abnegación. Eran los mismos o de la misma raza que  los que combatieron otro tiempo a mi lado. Que la patria les haga justicia y vea en ellos una gran esperanza. Dios sabe que el afecto que les profeso me da vida y aliento para la empresa que he acometido.

Pero si cuarenta años atrás me dejé arrastrar por la corriente del entusiasmo, más adelante me incumbió otro deber y lo cumplí. Deseaba que el príncipe llamado a representar las grandes virtudes del partido, se aprovechase de la experiencia, pero en vez de aprovecharse de ella, el que tenía derecho a la corona de España  no ha querido aprender nada.

Antes de combatir hubiera deseado, si era necesario,  que conquistase pacíficamente el aprecio y la aprobación de un país que no le conocía, y al mismo tiempo que el partido se reorganizase, y que, definiendo, y formulando sus ideas de una manera práctica, diera una garantía segura de su objeto político  y de su sistema de gobierno; pero mis consejos fueron inútiles y mi conducta se ha considerado como un desprecio de la patria.

Para hacerme odioso en España se ha dicho de mí que en la prosperidad había perdido la fe religiosa, por la cual he derramado tantas veces mi sangre y por la cual estoy dispuesto a dar mi vida, y hasta se me ha calumniado llamándome traidor  ¡Traidor yo sin ningún mando, sin ninguna relación, sin ningún compromiso con el príncipe especialmente por Ramón Cabrera ! Perdonad esta expresión, pero nadie en España lo creerá, y el que autoriza semejante acusación sabe más que nadie que no es verdad.

Previsiones se han realizado; la ineficacia de tantos esfuerzos, la inutilidad de tantos sacrificios me han dado la razón, pero hasta ahora he debido limitarme a hacer un llamamiento a mis conciudadanos  y a deplorar en silencio los males de la patria.

El triunfo de la anarquía no era ocasión oportuna para oponerme a una guerra justificada desde el momento que la revolución  ha dado un paso que promete ser duradero, desde el momento que la corona ciñe las sienes de un príncipe  que se envanece del más precioso de sus títulos del título de católico, y que ha sabido demostrar que desde su deber y la alta misión del que está llamado a ser el jefe de los generales, de los hombres de estado, y hasta de los ministros del Señor, incurriríamos, españoles, en irresponsabilidad , si nosotros, defensores de un pasado no siempre justo; si nosotros, defensores de reformas no siempre aceptables, desperdiciásemos esta ocasión de acudir a redimir en las gradas del trono el abrumador peso de nuestras discordias .
Los necios procurarán, sin embargo, avivar hoy más que nunca los resentimientos; pero veis ¿quién más ofendido que yo? Y no obstante, en vano han intentado impedir prestar mi adhesión al monarca, evocando en mi alma dolorosos recuerdos.
[...] me enseña y el corazón me dice que yo, al igual que mi hija, ser querido a quien [...] de una manera profana, debo morir perdonando a mis enemigos, y yo sé, y yo veo a ese ser querido me dice desde el cielo que hago bien.
Españoles : apiadaros de la nación que es también nuestra madre. Mi partido, que es el más perseverante de todos, secundará pronto, así lo espero, mi determinación,  cada cual con sus convicciones y luchando noblemente bajo la protección de las leyes. Rechacemos de una vez la ofensa que a nuestra dignidad hacen los que nos califican de ingobernables , [...] conquistadores por tradición y por carácter,  realicemos la mayor conquista que un pueblo puede hacer, la de triunfar de su desaliento.
El día, el más brillante de nuestra historia, vendrá con la paz que desea ardientemente España, vuestro compatriota que os ama con toda su alma.

Ramón Cabrera. París, 11 de marzo de 1875.            (Liberté)

Un dia lliure a Santa Bàrbara




SANTA BÁRBARA. Marzo de 1.857.

A la hora de emprender la marcha para este pueblo, los amigos de Tortosa me aguardaron a la salida de la ciudad y me acompañaron cerca de una legua, despidiéndose llenos sus corazones de profundo sentimiento, por verme en un estado en que nunca debiera hallarse la honradez, cualquiera que sea el color político con que se vista, o impregnado el mio de un reconocimiento que no podía demostrarles entonces, embargado por la emoción, y que hoy, solo me es dado expresar diciendo a mis amigos, que mi agradecimiento será eterno para con ellos y para con todos cuantos durante mi viaje y en el presidio de Cartagena compensaron con su fraternal afecto, la desdicha y los sufrimientos que debí a nuestros adversarios.

Pero, aunque deba igual reconocimiento a todos los que se interesaron por mi suerte, pues igual fue su buena voluntad, no puedo menos que recordar en primer término a los correligionarios de Santa Bárbara, pues me proporcionaron en medio de tantos sinsabores, uno de aquellos inefables días en que nos es dado creer que hemos llegado al último término de la felicidad.

Consistió para mi esta dicha, pura y simplemente en UN DIA DE COMPLETA LIBERTAD!! alumbrado por un sol hermoso como el de la florida primavera.

Y sin embargo, había pasado muchos días bellos como aquel, en el campo y al lado de solícitos amigos, sin que produjeran en mi corazón otro gozo que el de una alegría que no se examina ni se comprende.

Para aquilatar aquel goce, es necesario sufrir los dolores de la libertad perdida ayer, hoy, mañana, y otros mañanas que para el pobre preso son siglos de horrible martirio, de eterno y angustioso padecer.

Los correligionarios a quienes había sido recomendado por los amigos de Tortosa, aguardaban nuestra llegada a la entrada del pueblo, me saludaron, y dirigiéndose uno de ellos al cabo de los guardias que nos conducían, le dijo:

—El señor viene con nosotros.

—Bien, contestole el guardia; no hay inconveniente.

—Yo respondo... añadió mi correligionario, al cual no dejó continuar el cabo que, emprendiendo la marcha con los otros presos, dijo:

—Adelante. Ya nos veremos después: vayan VV. con Dios.

No dejó de causarme profunda impresión una escena que no podía haber esperado, y viéndome excesivamente turbado, me dijo uno de ellos:

—Somos los amigos de quienes le habrán hablado en Tortosa. Disponga V. con toda franqueza, y le serviremos con sumo gusto en cuanto se le ofrezca, pues a fuer de demócratas, cumpliremos con el deber que nos impone la fraternidad, mayormente cuando se trata de una victima de la saña de nuestros enemigos.

gozo embargaba mi alma de tal manera que no me era dado coordinar una contestación. Tales emociones no podrían ser sentidas muchas veces en la vida, porque la naturaleza del hombre no puede resistirlas sin quedar profundamente afectada, y así puede matar el exceso del dolor, como el de la alegría.

Comprendía yo muy bien que la comunidad de ideas basta para labrar indisolubles lazos entre personas que ni aun se han visto; pero no me creía con títulos suficientes para inspirar tanta confianza, ni para merecer las atenciones de aquellos amigos, ni las generosas ofertas cuyo cumplimiento me garantizaba el primero de sus actos, con que revelaran ser capaces de todo sacrificio en aras de la amistad política.

—Gracias mil por sus ofertas, contésteles balbuceando: me seria imposible pedir mas de lo que han hecho. Cuenten VV. con mi eterno agradecimiento.

Y maquinalmente emprendí la marcha con ellos, al decirme uno:

—¿ Vamos a casa ?

No recuerdo si contesté a esta pregunta; pero aun cuando así fuera, atendida la emoción que me embargaba, es probable lo hubiese hecho encogiéndome de hombros.

Prolijo seria enumerar las inmerecidas atenciones y obsequios que me prodigaron aquellos buenos amigos con quienes comí, después de haber recorrido el pueblo y visitado a varios de los suyos.

Estábamos en los postres, cuando llegaron los civiles que nos habían conducido hasta Tortosa, y aun cuando innecesariamente, protestaron de que no habían venido por desconfianza o temor de una evasión , porque en tal caso no hubieran accedido antes a la demanda de mis amigos.

Estaba persuadido de ello, porque como la idea de una evasión no se me había ocurrido, no había calculado aun siquiera, toda la nobleza y generosidad que encerraba la conducta de mis correligionarios al responder por mí, para proporcionarme un día de libertad.

A buen seguro que no necesitaba el general Zapatero, ni guardias civiles, ni cárceles para que figurase mi nombre en las listas del presidio de Cartagena: en aquella sazón hubiérale bastado señalarme día para mi presentación a su comandante, y de fijo yo no hubiera faltado.

Pero, hoy día , no me atrevería a aceptar una prueba de confianza como la que merecí a los amigos de Santa Bárbara, porque tendría que sostener una lucha terrible en el corazon, y ¿quién sabe si el recuerdo de los infinitos y crueles dolores físicos y morales del presidario podrían acrecer la tentación y el deseo de libertad, hasta el punto de justificar en un momento de febril obcecación, lo que es injustificable: ¡ser ingrato para con amigos de cuyo cariño estamos recibiendo irrefutables pruebas !

Reconozco que es condenable siquiera esta duda; pero mi labio no sabe pronunciar sino lo que siente, y antes que mentir prefiero confesar lo débil de mi valor para arrostrar segunda vez los dolores del presidio, sin hacer un supremo esfuerzo para evitármelos, y esto que en el presidio, fui de los privilegiados.

Después de comer, salimos a paseo fuera de la población; pero como la dicha de que yo gozaba, no podía menos de recordarme los compañeros de viaje, supliqué a los amigos nos dirigiéramos a la cárcel para ver a los presos de los cuales ni siquiera me había despedido.

Sin embargo, mi objeto no era tan solo verlos: quería hacerles participes de mi dicha, procurándoles por mediación de los amigos, buen trato en la cárcel cuando menos , cosa que hasta cierto punto representa la felicidad para los presos de tránsito.

Y sin embargo, como si el oscuro pueblo de Santa Bárbara fuese habitado por los ángeles de la fraternidad y de la misericordia, tal se habían anticipado a mi deseo, que no solo se les había tratado bien, sino que habían merecido como yo, no entrar en el calabozo. Ya que no pudieran gozar del paseo, les permitían estar en la entrada de la cárcel que, si no me equivoco, es la cocina, donde pudieron guisarse una buena comida. Les hallamos, pues, contentos, y hasta como olvidados de que solo nos era dado gozar algunas horas la dicha que debíamos a los nobles y bondadosos habitantes de Santa Bárbara, cuyo grato recuerdo, del mismo modo que yo, habrán conservado mis compañeros indeleble en el corazón, cualesquiera que sean las vicisitudes por que hayan pasado.

Cene y dormí en casa de otro de los amigos, preparando en distinta casa un almuerzo para el otra día; y para cuyo objeto recabaron de los civiles, que retrasasen algo la hora de la conducción.

Almorzamos todos con escasa alegría, pues para ellos acababa la satisfacción de obsequiar a un correligionario, y para mi además del sentimiento de volver a la realidad de mi amarga situación, se juntaba el de no poder probar sino con palabras, el agradecimiento sin limites con que había recibido sus pruebas de fina amistad, y la seguridad de que mi gratitud y el recuerdo de sus bondades serian eternos.

Escaso es el tributo que hoy puedo rendir, en este pobre libro, a los bellos sentimientos que son ornamento y joya de sus nobles y honrados corazones; pero ya que otra cosa no me sea posible, pronunciaré mientras viva, con veneración y respeto, el nombre de mis correligionarios de Santa Bárbara, que merecen el primer lugar entre los muchos a quienes debo en aquella triste y azarosa época de mi vida, el haber endulzado la acibarada suerte de un oscuro correligionario político.

Posible es que haya molestado a mis lectores, repitiendo una y otra vez los sentimientos que me animan; pero es necesario tal desahogo a mi reconocido corazón, y me lisonjeo de que me dispensarán pase plaza de pesado, a la de desagradecido.

Serian las nueve de la mañana, cuando salimos de Santa Bárbara con dirección a Ulldecona, a cuya cárcel llegamos poco después del mediodía.

Alberto Columbrí.

El dia de Corpus de 1836 a Prat de Compte. Record idealitzat d'un soldat


EL CORPUS EN UNA ALDEA 

Corrían los años 36 del presente siglo,  cuando mas enconado que nunca bramaba en los ámbitos de España el monstruo de la  guerra.  Desiertas las poblaciones ofrecían al viajero la imagen de la muerte y del dolor.  Incultas las colinas, calladas, pavorosas, repetían sus ecos a cada instante el estallido del fusil, la gritería de los bandos, los ayes de las víctimas sacrificadas al furor de los combates.  Blanqueaban huesos y calaveras insepultas  en campiñas, valles y collados. 

Los cuervos y chacales sustituían en el campo y en los cerros la plácida armonía del  concierto que en días mas dichosos formaban en la soledad las aves con sus trinos.  Los arroyos serpentinos y las cascadas fragorosas en vez de acompañar con el murmullo de sus aguas el canto de afinado ruiseñor,  alternaban el sonar de su corriente con el  graznar horrible del cuervo y el aullar todavía mas horrible del lobo. 
Los placeres campestres habían cedido su  lugar por donde quiera al estrépito de las armas , a los horrores de civil contienda.  El Ter, el Segre, el Llobregat y el Ebro  guardaban en su cauce empapadas las lágrimas  y la sangre de valerosos catalanes o de  españoles sus hermanos.  ¡Lamentable suerte la tuya, cara patria  mía! 

En aquella época de tristeza, ni los montes  con sus fragosidades casi inaccesibles, ni los  ríos con su rápida y caudalosa corriente, bastaban a oponer un muro ni una vaya al encarnizamiento de la lucha: mas acá y mas  allá de las montuosas cimas; mas acá y mas  allá del álveo de tus ríos, corría sin descanso,  tea en mano la discordia, agitando, diezmando  y destrozando tus queridos hijos, infeliz Iberia!  Pero donde mas encrudecida andaba la pelea , era a las márgenes del celebrado río que  te da su nombre.  Los que beben sus aguas, fueron  de una y otra parte los que mas la saturaron con su sangre de valientes.  i Ebro! Cuantos recuerdos entre dulces y  amargos, pero todos melancólicos, de ti conserva la memoria mía ! 
Imágenes sombrías, reminiscencias tristes que todavía lastimáis mi corazón, retiraos por un momento al menos, y dejadme recordar las dulces emociones que bajo la atmósfera  blandamente deleitable de aquel majestuoso  río, fijáronse para siempre mas en mi alma  embebecida.  Recordar quiero la gran fiesta del Señor celebrada en una pobre aldea de las ibéricas  montañas.  Fatigada la tropa y yo con ella, llegaba nuestra columna de operaciones militares al lado allá de las alturas verticalmente cortadas  que el tortosín llama Los Puertos: alturas emparentadas con el canoso Pirineo, y bañadas  en su planta por el Ebro, a trechos represado. Era de noche y noche de naciente estío; la  mas profunda calma en las adustas rocas y  barrancosas simas de la cordillera que dejábamos a la espalda, cesó de ser interrumpida por  el acompasado pisar de nuestros aguerridos batallones: habíamos hecho alto a la sigilosa  voz del general que los mandaba. 

Mientras que la cerrada masa militar  esperaba las órdenes de su jefe para de nuevo marchar, sin saber a donde, oíase retumbar de uno en otro eco el lejano fragor del patrio río; lanzando su onda cristalina sobre los azudes de la risueña Flix y de la humilde Cherta; afortunadas poblaciones de su ribera. En paz o en guerra los hombres entre ellos obedece constante la naturaleza los mandatos que le impuso su Hacedor. El río represado o rebosante cumplía, sin curarse de la fratricida lucha que empañábale el cristal, la ley de su destino.  Impacientes aquellos bravos por conocer el  suyo, oyen con júbilo la orden de alojarse en el cercano pueblo.  Prat de Compte, si no recordamos mal, llámase la aldea, donde halló el soldado refrigerio a su fatiga y descanso a sus miembros rendidos  por el sueño y la jornada que le trajo allá. ¡Oh  jornada feliz, porque en ella ni se oyó un gemido, ni se vertió una lágrima!  Dichosa jornada mas que todo porque tras ella tuvimos ocasión para entonar embelesados,  lo mismo que el coro de los ángeles sobre la gruta de  Belén: Gloria a Dios en las alturas:..,  Ojala hubiéramos podido añadir con ellos sobre el  suelo patrio y en la tierra paz a los hombres  de buena voluntad.
 
Agreste y pintoresco, breve pero fértil llano, a donde, tarde nace el sol, porque sus rayos detiene en la parte oriental del valle empinada cadena de peñascos; tal es el lecho donde yace adormecida la aldea que nos alojaba.  El blando sueño en que habíala dejado reposar la misma fragosidad y humilde posición  de su retiro, le turbaba a la sazón la alegre  cantinela del soldado y el animado toque de la  caja y del clarín. Era la vez primera que aquellos pacificos labriegos sentían resonar sus montes y hogares con el bullicio de las armas.  Observador atento estaba contemplando aquel elocuente espectáculo, extraña mezcolanza de  rústica inocencia y bravura militar, de candor  semisalvaje y mundanal malicia; cuando el  vuelo de las campanas, confundido con el relinchar de los corceles y la animada zambra de  la soldadesca, anunció al pueblo y a sus huéspedes la gran iglesia del Señor.  Radiante el luminar del día asomaba por encima  del montuoso muro que hacía pocas horas  acabábamos de trepar.  A la brillante luz de un sol de junio destacábase por lo blanco de sus paredes el modesto lugarejo cual azucena en la llanura o cual  paloma posada en la quebrada peña. 
Todas sus fachadas habían sido dadas de cal;  en un momento se las entapizó de espesas enramadas, y el escabroso pavimento de sus calles mas espaciosas quedó alfombrado con pro lusa copia de hojas y flores aromáticas. 
Veíanse acudir de todas partes, del pueblo y  de sus cortijos, familias de aldeanos a quienes  convocaba la voz del sagrado bronce a las bóvedas del templo. A no tardar la corneta y el tambor llamó a formación la tropa solazada. Largas filas de valientes luciendo en sus pechos la blanca cruz  de pulcro correaje y con su brazo el fusil bruñido, tendiéronse silenciosas y ordenadas desde el umbral de la casa del Señor por casi todas  las calles y plazuelas de la alborozada aldea.  Impaciente alegría animaba el tostado rostro  del guerrero y bullía en sus labios curtidos  por la pólvora; y en tanto traveseaban entre 
los valientes, pequeñuelos juguetones, ordinario cortejo y favorita diversión de los hijos de  la guerra. 
Éstas escenas medio belicosas y medio rústicas, de simplicidad y de pereza, las avivaba  el fulgurar de un sol ardiente, la chistosa palabrería de refranes y requiebros que de la ventana a la calle cruzaba el soldado castellano con ruborosa doncella campesina.  Al fin la algazara calló a la voz de firmes,  que desde la cabeza hasta la cola de las filas  fue transmitida en un momento. Replegáronse,  también, en alegre desorden los chiquillos a la  espalda o entre las hileras de sus queridos alojados. El Dios de paz, que lo es también de  las batallas, puso en silencio a los guerreros y  a los pacíficos paisanos, y por esto ante la Divina Majestad unos y otros se aprestaban a doblar reverentes la rodilla. 
La sagrada procesión estaba en marcha.  Nutrida y unísona descarga de fusilería había saludado frente al umbral del santo alcázar  al eterno Rey de los siglos; y la detonación repetíanla en ecos ciento la cercana selva y la quebrada, del llano al monte y del monte al llano.  Llevados por robustos niños precedían la religiosa comitiva los antiguos gonfalones del 
templo parroquial: graves como las peñas que  rodearon su cuna, y devotos como la fe de los  tiempos primitivos, procedían en circunspecto  y acortado paso buen número de labradores en  dos ordenadas senes, una mano extendida sobre el pecho y empuñando en otra enhiesto cirio, que guardaban con tanto respeto como Moisés y Aarón su vara milagrosa.  Bajo sencillo y ondulante palio, cuyos portantes, casi todos de plateada cabellera, y  luciendo debajo del severo capote montañés la municipal insignia, caminaba el sagrado pastor a corto paso, cargado de años y también  del reluciente viril, donde él mismo adoraba y  ofrecía a la adoración del pueblo la Hostia pura, la Hostia santa, la Hostia inmaculada de 
nuestra redención.  Pocas luces y menos hachas retorcidas alumbraban la augusta ceremonia ; pero alumbrábala la antorcha de la caridad en cada uno de  los católicos montañeses que la acompañaban. 
Dos escoltas venían en pos del Dios velado. Componíanla una apretado grupo de compungidas labradoras, jóvenes o ancianas, vírgenes o desposadas, madres o hijas, modestas en su porte pero aseadas y apuestas, tiernos los ojos y sumisa la mirada, ofreciendo sus  oraciones en silencio al Dios que habita en las alturas, y que por boca de inspirado vate ha  dicho a los felices campesinos y a los hijos de  las montañas: Yo soy la flor del campo y el  lirio de los valles. 
Formaba la otra escolta lujosa falange de  disciplinadas huestes; que al compás de nuestra  armónica y majestuosa marcha real hacia los honores al rey que así lo es de los tímidos como de los valientes, que así da la victoria  como se la arrebata al que contra el divino  querer aspira a ceñirse sus laureles.  ¡Oh inefable y misteriosa economía de la  religión de nuestros padres! ¡Qué sublimes  sentimientos sabes inspirar!  Solo ella puede hablar al corazón como lo hizo al mío en aquel momento venturoso en  que entre armas y follaje y en un rincón de  Cataluña te saludaba estático. Divina Majestad  de mi buen Jesús Sacramentado, y te  reconocía, si posible fuera, más grande en tus magnificencias en una aldea solitaria que en  las coronadas  villas y ciudades populosas de nombre esclarecido- J. C.

Diario El Áncora.  Jueves, 30  de Mayo  de 1.850. 

Derrotero de las costas de España en el Mediterráneo, de Tofiño. Ed. 1787


Descripció de la costa des del riu Sénia fins al coll de Balaguer.



Al N. 30° E. de la Punta Venerox, distancia 2 1/2 millas hay una Torre de Vigía llamada Sol de Rio á la embocadura de un Riachuelo nombrado la Senia que hace la division de los Reynos de Valencia y Cataluña. Desde aquí comienza la Costa á ser algo mas alta, y á distancia de 1 1/3 milla de dicha Torre hay una Playuela con algunas casas y una Torre fuerte á que llaman las Casas del Caná, donde suelen venir algunas embarcaciones del tráfico; pero tanto aquí como en las Playas anteriores suceden desgracias continuamente con los vientos del E.

La Rápita ó San Carlos. Torre de Codoñol. Puerto de lo Alfaques. Torre de San Juan.

Desde las Casas del Caná sigue la Costa de poca altura al N. 36° E. distancia 4 3/4 milla, en que está la poblacion de la Rapita ó San Cárlos por Latitud de 40° 36' 30", y Longitud 6° 55' 10", y antes de ella 1 1/3 milla está una Torre con dos cañones nombrada de Codoñol.

La pequeña poblacion dicha de la Rapita es toda la que se encuentra en todo el Puerto de los Alfaques de Tortosa, el qual corre desde la poblacion, haciendo un seno al E. 7° N. todo de playa pantanosa de 5 1/2 millas de largo, donde se encuentra la Torre de San Juan, situada á la orilla del mar: esta es tambien de dos cañones y despues sigue aún haciendo seno, de modo, que el fondo del Puerto de los Alfaques dista de la Rápita 6 3/4 millas, y desde allí dobla haciendo la Costa varias puntillas por el S. del Puerto, que es tambien arenal y matorrál como lo anterior. Tiene este Puerto por su mayor anchura 2 3/4 millas, guardando una figura regular de Ensenada del largo y ancho expresado. Es famoso abrigo y capaz para un crecido número de embarcaciones que su mayor porte no exceda de Fragatas ó Xabeques, pues su fondo de 3 á 4 brazas es el general en todo el Puerto, hasta estar al S S O. de la Torre de San Juan, que desde allí para dentro es de 2 á 2 1/2 brazas, todo fondo lama, amarrándose en dos NO. SE. Las embarcaciones que quieren quedar resguardadas de todos tiempos se meten dentro, y las que se acogen provisionalmente se pueden quedar en qualesquier parage, que todo es límpio.

Punta de la Palma Marina.

Para entrar en este Puerto de los Alfaques, se tendrá cuidado con una puntilla que hay en la Costa del S. nombrada de la Palma Marina, que es la mas saliente y aplacerada cerca de 1/2 milla hácia el Canal, por lo que será bueno teniendo el medio freo á la boca dirigirse á la Torre de San Juan, y en estando en la medianía del Puerto fondear o ir mas adentro como mas acomode.

Este Puerto ha sido formado por los tarquines y demas despojos que continuamente arroja el Rio, y así toda la tierra es pantanosa y llena de Lagunas que no se puede andar por mucha parte de ella sin un gran conocimiento. Abunda mucho de sal que se beneficia en lo mas E. y N. del Puerto, en donde hay siempre embarcaciones empleadas en este tráfico.

CONTINUARÀ


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